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domingo, 23 de marzo de 2014

Capítulo 1. Arena blanca de playa - (Tiempo de soñar)




LUCK.






Capítulo 1. Arena blanca de playa.


            Toda historia comienza por un principio y como tal toda historia tiene un final.
A veces se cree, que las historias de amor nunca terminan, y si lo hacen será de manera feliz. Otras veces se cree que cuando el amor es verdadero no hay nada imposible, nada que pueda dañar la infinidad de ese sentimiento.
Pero tan solo son creencias, sueños, deseos… En realidad el amor es mucho más complejo de lo que pueda parecer en una película, una novela, o un sueño.
El amor siempre tiene una cara “B”, una cara oculta tras los ojos del ferviente deseo de lo maravilloso. El amor es complejo, cruel, destructor. Muchas veces imposible, inalcanzable.
Sueños que nunca podrán cumplirse.
Quien bien sabe amar, aprende a sufrir.

  Hablar de mí, de cómo soy en este momento de mi vida no tiene sentido alguno.
Para poder conocer mi historia, lo mejor será remontarnos a la época en la que yo aún era un chiquillo salvaje, libre y despreocupado.
Mi nombre es Lucas, pero la única persona que me llamaba así era mi madre, para el resto de la humanidad era Luck.
Por aquel entonces no me importaba en absoluto el futuro, a veces ni siquiera lo hacía el presente.
Nunca quise enamorarme, para mí las mujeres eran “de quita y pon”, un mero método de distracción y diversión asegurada.
No me quitaba el sueño que ellas sufrieran por mí, no me importaba que llorasen o que les destrozase la vida. No era mi culpa si decidían hacerlo.
Sin embargo un día llegó ella, rompiendo todos y cada uno de mis esquemas. La única mujer que dio un vuelco en mi vida, y otro en mi corazón.
Ella, inalcanzable, indescriptible, perfecta.
Ella, la mujer de mis sueños.

  Empecemos por el día en que cumplí la mayoría de edad.
Ese día comí con mi madre, ya que no podíamos hacerlo muy a menudo.
Antes de sentarme a la mesa la miré sin hacer ruido. Permanecía de pié con un vestido blanco que le llegaba hasta las rodillas, el pelo desaliñado y recogido sin cuidado en una coleta, las manos temblorosas e inquietas, llenas de cicatrices, aunque no todas visibles.
Ella era mi única “chica”.
La comida no fue nada especial; unos guisantes cocinados con un poco de bechamel y un par de filetes de lomo a la plancha. Pero estaba riquísimo.
La verdad era que no esperaba tarta, hacía años que habíamos roto con la tradición, unas veces por falta de tiempo, otras por falta de dinero, y otras en cambio por falta de alegría en nuestras vidas.
Soplé una sola vela y pedí un único deseo, que la mujer que me trajo al mundo fuese feliz de una maldita vez.
Me levanté de la silla y sin decir nada fui a mi habitación
Abrí el armario y me puse de puntillas para coger algo de la última balda, la más alta y alejada de todas.

  – ¡Lucas! – gritó ella desde el salón –. Ayúdame, tengo que irme a trabajar


Sonreí. Salí disparado con las manos tras la espalda.

  – Mira que eres pesada, guapa – dije sonriendo mientras entraba en la cocina.
Se había puesto el delantal y unos viejos guantes de goma para fregar los platos sucios. Me miró de refilón y con voz débil dijo:

  – ¿Por qué no me ayudas a recoger? – dijo entre triste y avergonzada, intentando decirme algo, pero sin saber cómo ni con qué excusa hacerlo. Debió encontrarla cuando un vaso se le resbaló de las manos y cayó al suelo haciéndose añicos. Ni siquiera se inmutó –. Luck, no he podido comprarte un regalo. No he tenido tiempo – dijo sin ni siquiera mirarme a los ojos ni a los cristales esparcidos por las frías baldosas de la cocina.

  Me acerqué a ella y con un dedo levante su pequeña y rechoncha barbilla.
La miré a los ojos. Aquellos pequeños pero preciosos ojos azules que tantas veces había visto llorar. Aparte un negro mechón de pelo de su frente y le di un fuerte beso en la mejilla.

  – Es que no tienes que regalarme nada – dije sonriendo mientras le ofrecía el paquete que había estado escondiendo tras de mí desde que salí de mi habitación.

Ella abrió los ojos de par en par, sorprendida. Me miró sin saber que hacer.

  – Pero Luck…

  – Sin ti yo no cumpliría dieciocho años, hoy eres la única persona que merece un regalo

  Lo cogió con cuidado y lo giró unas cuantas veces como si intentase atravesar con la mirada el envoltorio para adivinar el interior. Tras unos interminables segundos, al menos para mí, decidió abrirlo.

  – Es precioso – dijo cuando terminó, mirando entre lágrimas un simple marco de madera que guardaba una antigua foto en la que ella, mi hermano, y yo sonreíamos felices.

  – Lo sé

  Ella no pudo aguantar más, terminó por echarse en mis brazos, llorando y apretándome muy fuerte.

  A día de hoy, aún no sé si lloraba de alegría o bien lloraba con tristeza, lo que sí logré entender con los años es que ella me abrazó echando en mi parte de ese peso con el que siempre había cargado sola. El peso del dolor, de la desgracia y el sufrimiento. Intentó apoyarse en la única persona capaz de ayudarla.
Todo con un simple abrazo que no duró más de un minuto, pero permanecerá toda la vida en mi cabeza.




No es porque sea mi madre, pero es la mujer más valiente y luchadora que he conocido jamás. Su nombre; Camila, pero la llamamos Mila.
Nació en Francia, en el seno de una familia repleta de pobreza y violencia.
Su propio padre, mi “abuelo” la maltrató desde que apenas tenía tres años de edad.
Paliza tras paliza se vio obligada a abandonar su hogar con tan solo quince años, huyendo de la tortura y el terror que se apoderaban de ella a diario.
Encontró trabajo en un pueblo alejado. Un anciano posadero le ofreció techo, comida y alguna moneda a fin de mes a cambio de su ayuda con cualquier tipo de tarea necesaria en la posada.
Así pasaron dos años, hasta que conoció a mi padre, Eduardo, un apuesto español de unos veinticinco años.  Alto, moreno de pelo y piel era deseado por las mujeres, pero sin embargo él eligió a mi madre.
Ambos se enamoraron perdidamente, y ella dejó su humilde trabajo para irse con él lejos de allí a emprender una nueva vida.
Vivía enamorada y feliz en un precioso sueño, tanto incluso que medio año después de conocerse decidieron casarse y comprar una casita en un pueblo escondido de España.
El problema llegó cuando faltaban a penas tres meses para la boda.
Mi madre preocupada por el largo retraso en su periodo, decidió ir al médico y hacerse unos análisis. El resultado dio positivo y mi padre montó en cólera.
Tras una larga discusión, él decidió que lo mejor sería posponer la boda para cuando el bebé hubiese nacido, según él sería lo mejor para los tres.
A los siete meses de embarazo desapareció y mi madre jamás volvió a saber de él.
Sin apenas ser mayor de edad se encontraba sola, sin trabajo, fuera de su país de origen, dominando tan solo una parte del idioma y por si fuera poco con una futura boca que alimentar.
Intentó pedir ayuda, pero nadie quiso dársela, con su avanzado estado nadie quería contratarla en su trabajo.
Desesperada acudió a un hogar de acogida para mujeres sin recursos y gracias a ello pudo salir adelante.
Ya pasados los nueve meses nací yo. Como ella suele decir… “Vago hasta para nacer”.
Después de aquello su vida no mejoró demasiado.
Luchó para sacarme adelante gracias a trabajos mediocres, a veces más de uno en un mismo día. Luchó por darme lo mejor posible, y consiguió ser una madre ejemplar, aunque no por ello yo fuese el mejor hijo.
Cuando contaba tres años de edad se quedó embarazada de su nueva pareja, Andrés, con la que llevaba más de un año de relación.
Fruto de esa relación, nació Carlos, mi hermano. Jamás nos consideramos hermanastros. Cierto es que nuestro padre no era el mismo, pero a fin de cuentas yo solo tuve una madre, al igual que él. Éramos iguales, de la misma sangre. Hermanos.
El padre de Carlos era alcohólico y para cuando mi madre se quiso dar cuenta ya era demasiado tarde. Se hizo creer dueño de ella, la maltrataba aún estando embarazada, y después, seguía conmigo. Me pegaba palizas diarias, pero prefiero no recordar esa etapa de mi vida.
La única solución que mi madre encontró fue la de cambiarnos de ciudad a cientos de kilómetros de allí. Nos alojamos en una pequeña casa al Norte del país, a salvo de las garras de aquel hombre y sobre todo a salvo de nuestro pasado.
Para ella era extremadamente difícil acarrear los gastos de tres personas con un sueldo ajustado. Así pues a los dieciséis años sin dejar de estudiar busqué un trabajo a media jornada con el que poder ayudar. Lógicamente en los estudios no me iba lo que se puede decir del todo bien, pero ella lo aceptaba así.

  Ahora entenderéis por qué ella no es una madre cualquiera, ella es mi madre, mi amiga, mi confidente, mi “chica”.
La persona a la que más debo en el mundo.




            La tarde de mi dieciocho cumpleaños salí de casa sin ningún plan concreto.
En el trabajo me habían dado la tarde libre, pero no había pensado en que invertirla,
Asique sin rumbo alguno decidí dar una vuelta por uno de los parques del barrio, me senté en un banco medio roto y encendí un cigarro con mi mechero plateado.
Un par de minutos después noté unos pasos tras de mí. No les di importancia hasta que estuvieron cerca.

  – No deberías fumar – dijo una fría voz a mis espaldas. No me hizo falta mirar para descubrir de quien se trataba –. Aún eres pequeño para eso – Sus finas manos de mujer rodearon mis hombros y con delicadeza y subieron hasta mis labios.
Me quitó el cigarro sin ningún reparo y una de sus manos se fue hacia atrás, la otra se quedó inmóvil sobre mi cuello, agarrándome como si quisiera ahogarme, pero sin hacer ninguna fuerza.
Diez segundos más tarde noté como el humo de mi propio cigarro golpeaba lentamente mi pómulo izquierdo y envolvía mi rostro por completo.

  – ¿No vas a dar la cara? – dije sonriendo sin dejar de mirar al frente.

  – Creo que no – dijo ella – O tal vez sí – puso voz interesante.

Me reí.

  – Podrías darte la vuelta  – dijo acercando su boca a mi oreja.

  – Podría, pero no quiero

  – Entonces alguien se va a quedar sin regalo

Noté como se separaba.
Sonreí, no tardaría mucho en aparecer frente a mí.

  – Vamos Chili. Estás deseando darme ese regalo

A pesar de mis palabras no apareció. Acabé por rendirme y mirar hacia atrás, pero había desaparecido.
Sonreí. Típico de ella.
Saqué el teléfono móvil de uno de los bolsillos de vaqueros y comencé a escribir.

“Es de mala educación dejar plantado a un amigo el día de su cumpleaños.”

  Di a la tecla “enviar” y esperé poco más de un minuto hasta que noté unos suaves labios besando mi cuello. Despacio, sin prisa alguna. Un interminable y frío beso recorriéndome a cada milímetro.
Las manos que antes me habían robado de manera impertinente, me rodeaban ahora del mismo modo sosteniendo un pequeño sobre de color salmón.

  – Felicidades, enano  – dijo acercando su cara a la mía.

La miré de reojo. Lo poco que alcancé a ver me sorprendió. Estaba más guapa de lo normal, más aún de lo que ya era.
Abrí el sobre con cuidado y antes de sacar un par de papeles del interior ella dijo:

  – Sé que lo prometimos hace tiempo Luck… – su tono era algo nervioso. Miré las entradas de cine y el folleto del restaurante que sostenía entre mis manos. No supe que decir, pero no hizo falta, ella habló por mi –. …pero pensé que un día como hoy podría valernos de excepción

La miré de lado y puse cara de enfado.

  – No será una película romántica, ¿No?

Rió nerviosa y sincera y después rodeó el banco para ponerse frente a mí.
Estaba preciosa. Se había puesto un vestido largo de flores tipo hawaiano y había recogido su larga y rubia melena en un moño algo informal.
Incluso se había pintado los ojos de una manera más sutil a la que estaba acostumbrada.
Se hacía raro verla así y no con su típica ropa negra y ajustada.

  – ¡Guau! – exclamé sin poder evitarlo.

  – Como digas algo te juro que te parto la cara – dijo de manera completamente defensiva.

  – Estás espectacular – dije sonriendo, pero aun así me pegó un manotazo en la cabeza.
Después ambos nos echamos a reír.

  – ¿Cómo supiste que estaría aquí? – pregunté algo intrigado –. No había quedado con nadie

  – Pasaba por casualidad – dijo sonriéndome, con aquellos blancos e impecables dientes. Entonces me di cuenta de que jamás sabría la respuesta.



            Fuimos al cine y vimos una comedia bastante buena. Después hicimos algo de tiempo en el mismo centro comercial y más tarde Chili  llamó a un taxi para que nos llevase al restaurante, un lugar bastante pijo, pero en el que se comía de maravilla.
Cenamos toda clase de marisco acompañado de un buen vino francés, carne cocinada con miles de especias y de postre tarta de  melón con sirope de frambuesa. Después, y según Chili para celebrar mi cumpleaños como era debido, bebimos unos cuantos chupitos. Quizá alguno más de la cuenta.
Al salir del restaurante decidimos dar un paseo hasta la playa.
Allí nos sentamos mirando hacia el mar.
La arena estaba fría y húmeda.

  – Gracias por tu regalo – dije sin atreverme a mirarla –. Hacía mucho que no me sentía tan bien

Tal vez pronuncié aquellas palabras llevado por la embriaguez del alcohol, o tal vez fuese porque lo sentía de verdad. Fuera lo que fuese, ella no me dio tiempo a averiguarlo.

  – Pues aún no ha terminado, enano

La miré. La luz de la luna se reflejaba en su claro rostro.
Alcancé a ver un brillo diferente en sus negros ojos, un brillo que nunca antes había estado ahí.
Me sonreía juguetona, inquieta y feliz.

  – Chili, mañana tengo que ir a clase y después a trabajar, y ya es casi la una

  – ¿Qué más da, chico malo? – dijo con sonrisa torcida –. Tú puedes con todo ¿O no? –Y acto seguido se abalanzó sobre mí besándome con euforia y excitación, sin darme tiempo a tomar una decisión.

  Llegué a casa a las cinco de la mañana cansado pero a la vez extasiado por tanta sorpresa.
Resoplé al entrar en mi cuarto. Si en lugar de haber estado por ahí hubiese estado durmiendo me quedaría menos de una hora para despertar.
Decidí que lo mejor sería darme una buena ducha y tomar un café bien cargado.
Una vez estuve bajo el agua me sorprendió la cantidad de arena que se había pegado a mi musculado cuerpo.
Cerré los ojos y lo primero que me vino a la mente fue ella.
La noche había sido fantástica, pero no por ello las cosas cambiarían entre nosotros.

Nadie conocía el verdadero nombre de Chili, tan solo se rumoreaba que ese sobrenombre se debía a lo deseada que era entre los hombres. Lo “picante” que les resultaba. A ella le gustaba que la llamasen así.
Era guapa, deportista, trabajadora y al mismo tiempo deseada.
Le gustaba sentirse libre, nadie podría atar sus alas, ella no lo permitiría jamás.
Su pelo, rubio claro le llegaba casi por la cintura, sus ojos negros como el carbón le hacían parecer misteriosa, salvaje.
Su cara de niña, su picardía y sus ganas de vivir la vida al máximo. Todo era irresistible en ella.
Solo tenía una pega; era cinco años mayor que yo, pero no era problema para ninguno de los dos.

Como ya he comentado antes, yo tampoco fui hombre de una sola mujer.
Me gustaba divertirme, ir saltando de flor en flor. No duraba más de una semana con la misma chica.
Todo aquello se debía en parte al trauma creado por mi padre. No es que yo quisiera ser como él, si no que desde que llegué a la edad en la que las chicas dejan de parecernos asquerosas, me prometí que jamás me enamoraría de ninguna de ellas.
¿El por qué de aquello? Aún no sabría explicarlo, quizá por miedo, quizá por despecho, quizá por precaución…
Debo decir que yo no era el típico rompecorazones que trataba a las mujeres como a princesas y después las dejaba por irse con otra. Yo desde el primer momento les dejaba claro cuáles eran mis intenciones. Les advertía que no iban a conseguir retenerme más de una semana con ellas, que desaparecería de sus vidas haciéndolas sufrir, que nunca conseguirían enamorarme…
Solo unas cuantas me creían y salían huyendo, las demás decidían arriesgarse creyéndose especiales y cayendo de morros contra el suelo días después.
Yo pasaba unos días a su lado, hablaba con ellas, nos dábamos cuatro besos y solo a veces llegábamos a algo más. Después, rozando la semana, desaparecía de su lado para siempre, sin explicaciones, sin retenciones, sin nada que hablar.
Siempre cumplía con mi palabra.
Intentaba hacer todo lo posible por no ser con ellas como mi padre fue con mi madre, avisarlas de que lo único que existiría entre nosotros sería diversión, después era problema de cada una si aún así decidían enamorarse de mí.

  Pues bien. Como sabréis, incluso para una persona que no quiere enamorarse siempre hay alguien especial, alguien que no se marcha de tu vida con tanta facilidad…Una musa.
Y ella era Chili.
Ambos compartíamos la misma opinión sobre la libertad, sobre tener pareja y sobre enamorarse. Por lo que nos veíamos de vez en cuando, por lo general cuando yo no tenía otra chica con la que divertirme y ella también estaba totalmente libre. Pasábamos el día juntos, nunca más de 24 horas y hasta varios meses después no volvíamos a repetir el proceso.
Siempre nos regíamos por una promesa inquebrantable. Jamás podríamos llegar a sentir nada el uno por el otro, prohibido tajantemente. Y prohibido también hacer cosas de pareja como ir agarrados de la mano, ir al cine, dormir abrazados....
Así pues aquella especie de juego nos había convertido a ambos en simples objetos de diversión.
Pero éramos felices, nunca habíamos discutíamos y nuestros escasos y fugaces encuentros nos ayudaban a desearnos siempre, sin llegar a cansarnos el uno del otro.
Además de eso, era una buena amiga con la que se podía contar de vez en cuando para dar un paseo por la ciudad o ir a fumar un par de cigarros a las tantas de la madrugada si no tenías a nadie con quien desahogarte.

 Solté el aire por la boca. Levante mi rostro hasta que el potente chorro de agua me golpeó la frente con fuerza. Llevaba demasiado tiempo en la ducha.
Abrí los ojos, presa del pánico.
Tras mucho pensar había caído en la cuenta de que esa noche había sido diferente a todas.
Su forma de mirarme, ese brillo desconocido en sus ojos, su sonrisa, su arriesgado regalo, su sencilla forma de vestir dejando a un lado todo lo provocativo, su forma de acariciarme en la playa, como si quisiera decirme algo.
¿Se habría enamorado Chili de mí? Era imposible, nunca tuvimos intención de algo así.
Pero había cambiado algo en ella. Su regalo de cumpleaños…
La Chili que yo conocía me habría regalado un paquete de tabaco, una partida al billar, o un par de cervezas en la playa acompañadas quizá de algo más íntimo.

  Apagué el grifo de la ducha. Tenía mucho sueño y me sentía demasiado cansado. Iba a ser un día muy duro. Con suerte podría echar una cabezadita en clase de matemáticas, total no me servían de mucho más.
Me acerqué a mi habitación con paso lento y vago. Si Carlos, mi hermano me hubiese visto en ese momento, me diría que parecía un zombi salido de su serie favorita, pero.
Me quité la toalla que había permanecido atada a mi cintura y miré el despertador.
Me vestí sin ninguna prisa, sin elegir que ropa ponerme.
Bajé a la cocina y limpié la cafetera. Puse un filtro nuevo, eché agua solo para mí, a nadie más en la casa le gustaba el café, y después eché las correspondientes cucharadas de café. Bueno, quizá algo más, necesitaba dosis extra de cafeína.
Me senté en la encimera de la cocina aprovechando que mi madre aún dormía y no podría decirme nada al respecto.


  Una vez más sus negros ojos volvieron a mi recuerdo.
Noté como se me cerraba el estómago.
Chili era especial, una buena amiga y no podía permitirme  el hacerle daño.
A ella no.

Ahora tengo que añadir algo, una pequeña anotación a toda esta historia.

Por mucho que pueda parecer, por mucho que podáis desear, esa única chica que consiguió enamorarme, la chica de mis sueños, no era Chili. 


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