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domingo, 23 de marzo de 2014

Capítulo 1- Lysandra . - (A golpes de vida)

Capítulo 1. Lysandra.


  Miré una vez más mi teléfono móvil. Nada.
Me quedé sentada unos minutos en el borde de la cama de mis padres. Finalmente, me agaché para atarme los cordones de mis zapatillas de deporte.
Mi cabeza llevaba vacía unas cuantas horas, sin pasear por ella el más mínimo pensamiento. Todo cuanto hacía, era sin pensarlo, como si fuera un robot.
De pronto alguien abrió la puerta. Genial, fuera quien fuese se había propuesto quebrantar mi tranquilidad.
  - Ly-Lysandra, tu madre te llama
Gruñí. Laya, la criada de la casa cerró la puerta tras de sí.
Tendría unos 35 años, pero minúsculas arrugas poblaban ya su hermosa cara. Era menuda y de estatura baja. Su rostro se asemejaba al de una muñeca de porcelana, resaltado por unos enormes ojos color esmeralda. Incluso su negro y corto pelo era perfecto.
Me sentía estúpida al no haberme parado antes a pensar en ella. No parecía mala. Llevaba trabajando dos meses para mi familia, y no había intercambiado con ella más palabras de las necesarias.
Caí en la cuenta de que el miedo se apoderaba de su voz cada vez que se disponía a decir alguna palabra. Otra cosa que me gustaba, era el ligero toque argentino de su acento.

  Desperté de mis pensamientos, y una vez más apreté al azar una de las teclas del teléfono móvil. La pantalla se iluminó sin nada interesante que mostrar.
Me tumbé en la cama. No tenía intención alguna de buscar a mi madre y complacer sus órdenes. Con el teléfono entre las manos y sosteniéndolo en lo alto, fui directa a la galería de imágenes.
Sonreí al abrir mi foto favorita. Salía tan guapo…
Recordé una vez más el sabor de aquel maravilloso e inmortalizado beso. Una lágrima comenzó a asomar mientras tocaba mis labios con el dedo índice. Le echaba de menos.

  Mi madre gritó mi nombre una vez más.
Yo apreté los dientes tratando de contener la rabia. ¿Acaso no se daba cuenta de que sólo quería un poco de soledad? Me enjuagué las lágrimas con la manga del jersey mientras me levantaba de la cama suspirando. Me miré al espejo de nuevo. Estaba horrible. Mis ojos estaban más rojos de lo que nunca habían estado, al igual que la nariz y el labio superior. Para colmo unas enormes y moradas ojeras me hacían parecer una loca deprimida. Entré al cuarto de baño y me mojé un poco la cara. No quería hablar con mi madre acerca de mi estado de ánimo.
Salí de la habitación, y caminé arrastrando los pies por el largo pasillo.
No me hizo falta buscar mucho, ya venía pateando el suelo llena de rabia.
Me miré los pies, no quería que me viera la cara.
  - ¡¿Pero se puede saber qué es lo que pasa contigo?! – Dijo frenando en seco, y agarrandose la cintura al estilo “jarra” – ¡Llevo llamándote casi diez minutos!
  - Dime mamá – No tenía ninguna gana de aguantar sus enfados – Estaba en el baño – Mentí. En ningún momento levanté la mirada.
  - Han llamado, y preguntaban por ti, pero fuera quien fuera, ya ha colgado el teléfono
Clavé los ojos en los de mi madre con tanta rapidez que no me importó que descubriera que había estado llorando. De mi mirada salía toda la rabia que sentía en ese momento.
  - ¡Cómo no me lo has dicho antes! – grité.
  - Llevo un buen rato llamándote. Incluso ordené a Laya que te lo dijera
  - ¡¿Pero porque no me has dicho que me llamaban por teléfono?!
  - Supuse que lo sabías – dijo atusandose el pelo.
  - Nunca me llamas para nada interesante, siempre para decirme que te vas a algún sitio… ¡Pensé que sería para eso! ¡Dios! ¡¿Por que no me has avisado?! – grité antes de salir corriendo hacia el teléfono inalámbrico más cercano de la casa.
Lo cogí con las manos temblorosas y apreté con fuerza la tecla de “última llamada”.
Llegué a ver su número en la pantalla durante milésimas de segundo, hasta que pestañeé y me dí cuenta de que aquel número era de Marie.
Cerré los ojos despacio, mientras suspiraba. Noté como el amasijo de nervios que se había apoderado de mi estómago se desvanecía de golpe recorriendo poco a poco todo mi sistema nervioso. Quise llorar, llorar hasta quedarme sin una lágrima y poder dormir tranquilamente. Pero sabía de sobra que era algo imposible con mi familia al acecho.
  - To-tome…- Laya tendía su mano ofreciéndome un pañuelo. Sin darme cuenta había derramado dos lágrimas más. La miré a los ojos, pero rápidamente desvié la mirada. Su presencia era un tanto inquietante. La ignoré.
Me dirigí a la puerta principal, cogí una de mis chaquetas del enorme perchero y me la puse con rapidez.
Quería salir de allí. Me acerqué a la puerta y con una mirada le indiqué a Robert, nuestro chófer, que se montara en el coche. Me dirigí hacía el Rolls Royce Silver Cloud I. Era mi coche favorito. Lo que más me gustaba era el brillo de su negra carrocería. A parte de éste, teníamos tres coches más, y todos dentro de la alta gama.
Robert montó en el asiento del conductor, y sin decir una palabra me miró esperando una dirección.
Miré su blanquecino bigote, siempre recortado con cuidado y con esmero. Los años pasaban por él. Estaba cerca de su jubilación.
  - Llévame al lago – Fueron las únicas palabras que pude pronunciar.
Quería estar sola, y el lago era uno de mis sitios preferidos para ello Además, la discreción del chofer resultaba estupenda.
Tardamos cerca de media hora en llegar. Bajé del coche, y en silencio me acerqué a la orilla. Robert iría a dar una vuelta por el pueblo hasta que mi llamada le ordenase volver a recogerme.
Me senté en la fina arena.  A pesar de que el verano nos acompañaba hacía ya cuatro días, hacía un poco de frío. Aún así, me descalcé, y con el talón, empecé a remover la superficie del agua. Después, sumergí mis piernas hasta las rodillas en la frescura de las aguas.
Eché mi cabeza hacía atrás, mirando al cielo.
Me gustaba estar sola. Y más aún en momentos duros como aquel.
No quería recordarlo, pero fue inevitable…

  - Cariño, volveré en dos meses – dijo Dann mientras nos fundíamos en un profundo abrazo – Apenas notarás que me he ido
  - No te vayas… - Supliqué una vez más, apretándome con fuerza contra él.
Entonces, me dio un beso en la frente, y el abrazo desapareció. Me miró una vez más antes de montar en su limusina, y adiviné una lágrima recorriendo su marcado pómulo, aunque tal vez fueran imaginaciones mías.

  Y esa fue nuestra despedida. Cada vez que recordaba aquella tarde el odio se apoderaba de mí. ¿Cómo había osado decirme en el último momento que sus padres se lo llevaban a Canadá durante dos meses? Estaría prácticamente todo el verano sin él. ¿Cómo pudo despedirse así de mí? Todo me pilló por sorpresa y ni siquiera supe como reaccionar.
¿Por qué habían pasado nueve días desde su marcha, y aún no tenía noticias de él…?
Esa pregunta era la que más me aterraba.


  Mi nombre, es Lysandra, más conocida por Lysi. Tengo 16 años, y estoy enamorada del chico más guapo del instituto.

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